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Los juristas
cuestionan la “proporcionalidad” de las
medidas anunciadas por Fernández Díaz
El 15-M ve en la iniciativa un intento del Gobierno
de blindarse ante la conflictividad social
Jesús García 12 ABR 2012 - 22:04 CET322
EL PAÍS
Una cosa es que los actos vandálicos sacudan
las grandes capitales de vez en cuando y otra, muy distinta,
que sea necesario modificar las leyes para frenar la
“guerrilla urbana”, según la expresión
empleada por dos exponentes de la línea dura
tras los incidentes ocurridos en Barcelona durante la
huelga del 29 de marzo: el ministro del Interior, Jorge
Fernández Díaz, y su homólogo en
la Generalitat catalana, Felip Puig.
La reforma que el ministro planteó este miércoles
en el Congreso para endurecer las penas a los alborotadores
causa recelos entre los juristas, que sospechan cuando
se legisla a golpe de suceso. Los expertos alertan de
que la mayoría de medidas son “innecesarias”
por reiterativas, y temen por el principio de proporcionalidad.
Consideran, además, que algunas medidas pueden
llegar a colisionar con derechos fundamentales consagrados
en la Constitución, como los de reunión,
manifestación o libertad de expresión.
Aunque está por ver cómo se plasma la
propuesta negro sobre blanco, Fernández Díaz
dejó claro su mensaje: hay que aumentar hasta
los dos años el umbral mínimo para quienes
atentan contra el orden público. El objetivo
es que, si se demuestra su culpabilidad, los violentos
acaben en prisión. O por lo menos que, durante
la investigación de los hechos, los fiscales
puedan solicitar (y los jueces, acordar) medidas de
prisión preventiva que frenen la “alarma
social” y restañen “la imagen de
España” que, según el ministro,
afean los alborotadores.
La resistencia pasiva será considerada atentado
a la autoridad
Diversos juristas consultados por este
diario recelan de una reforma que puede acabar “disuadiendo”
a los ciudadanos de ejercer su derecho a manifestarse.
Y ven en el proyecto una forma de atajar, preventivamente,
nuevas protestas ciudadanas ante el previsible aumento
de la conflicitivad por la crisis económica y
sus devastadoras consecuencias sociales. La reforma,
en la que trabajan conjuntamente los ministerios de
Interior y Justicia, también ha topado con el
rechazo de diversos colectivos, como el del 15-M, que
se sienten directamente aludidos por algunas de las
medidas más controvertidas. Por ejemplo, el anuncio
de considerar miembros de “organización
criminal” a quienes convoquen por cualquier medio
—especialmente, internet y las redes sociales—
manifestaciones o actos violentos. O la idea de tipificar
como delito de atentado a la autoridad cualquier forma
de resistencia pasiva, como una sentada. Esa resistencia
es una de las señas de identidad del colectivo
de indignados que el pasado año tomaron las plazas
y calles de media España.
“La reforma pretende aplicar de forma preventiva
el derecho penal para disuadir a la ciudadanía
de ejercer sus derechos fundamentales”, opina
José Luis Ramírez Ortiz, penalista y portavoz
de la asociación Jueces para la Democracia. Un
“riesgo abstracto” —como una posible
alteración de la paz social— puede llevar
a España a “una situación preconstitucional”,
alerta Ramírez. La policía existe sobre
todo, recuerda, para garantizar que los ciudadanos puedan
disfrutar de sus derechos fundamentales.
El abogado penalista Marc Molins Raich, del despacho
Roca Junyent, admite que el fenómeno de la violencia
callejera va en aumento. Pero alerta de que el legislador
debe ser “especialmente respetuoso” cuando
entran en juego derechos fundamentales. “No se
trata de ser laxos o benevolentes, pero sí de
poner el máximo cuidado” y, sobre todo,
mantener “el equilibrio entre bienes jurídicos
protegidos”. Así ocurre, en su opinión,
con el sistema actual, que gradúa los hechos
en función de la gravedad: desobediencia, resistencia
y atentado.
“Este Gobierno no tiene programa de política
criminal”, se queja un experto
Ese mismo ideal de equilibrio lo comparte
el presidente de la Audiencia de Barcelona y portavoz
de la Asociación Profesional de la Magistratura
(APM), Pablo Llarena, que se muestra prudente porque
el proyecto está “escasamente definido”.
Según Llarena, el Gobierno pretende añadir
comportamientos ahora no sancionados y agravar penas
para “atajar desviaciones en el ejercicio del
derecho de manifestación”. Uno de los anuncios
más discutidos es considerar la resistencia pasiva
como delito de atentado, que comporta penas elevadas,
de hasta cuatro años. “Habría que
distinguir distintos planos de gravedad y buscar la
proporcionalidad. No es lo mismo que alguien se siente
en la calle o que se encadene a algo e impida celebrar
un acto público”, añade el portavoz
de la APM.
Las voces más críticas consideran que
hablar de “atentado pasivo” es “una
contradicción jurídica y del lenguaje”,
apunta el catedrático de Derecho Penal de la
Universidad de Barcelona Joan Queralt. “El atentado
implica violencia. Y eso es incompatible con una sentada.
En la vida en sociedad hay fricciones. Pero que una
minoría violenta quiera generar el caos no puede
llevarnos a este tipo de políticas”, quien
también cree que el Gobierno pretende “convertir
un derecho ciudadano en algo problemático para
desincentivar a la población”.
Los indignados interpretan la reforma como un ataque
directo al colectivo. “Criminalizan nuestras formas
de protesta. Si equiparan estar sentados con arrojar
objetos a la policía, entonces veremos más
piedras volando”, explica un miembro activo del
colectivo en Barcelona, quien prefiere que no se publique
su nombre.Ese mismo portavoz cree que el Gobierno pretende
“llevar la confrontación social a un campo
de violencia”, donde la policía “tiene
todas las de ganar”. En su opinión, el
endurecimiento de las penas supone un “retroceso
a los tiempos de la dictadura”, por lo que reivindica
el derecho de los ciudadanos “a estar en la calle”.
Las propuestas
? Resistencia pasiva. El ministro propone considerar
delito de atentado a la autoridad (penado con hasta
cuatro años) los actos de resistencia pasiva,
que ahora se castigan, según los casos, como
delito (de seis meses a un año) o como falta.
? Internet. La reforma prevé considerar miembros
de organización criminal a quienes alteren “gravemente”
el orden público o convoquen por cualquier medio,
incluido Internet, manifestaciones o actos violentos.
? Más desórdenes. Interior plantea incluir
como delitos de desórdenes públicos los
supuestos en los que se penetre en establecimientos
públicos o se obstaculice el acceso a ellos.
Además, ampliará los daños a los
que se produzcan al interrumpir un servicio público.
La posibilidad de que quienes llamen a actos violentos
por internet sean considerados miembros de una organización
criminal también preocupa a los indignados y
a los juristas. “Se trata de delitos callejeros
que nada tienen que ver con el crimen organizado. Se
está desnaturalizando el concepto”, opina
José Luis Díez Ripollés, catedrático
de Derecho Penal de la Universidad de Málaga.
A juicio de Julián Ríos, profesor de Derecho
Penal de la Universidad Pontificia de Comillas, el asunto
es aún más grave: “Se adelanta la
barrera penal de forma preventiva y eso es muy peligroso.
Iremos hacia un derecho de autor, más que de
hechos”.
El magistrado Llarena, por su parte, replica que la
mayoría de países occidentales “están
desarrollando una política legislativa que consiste
en adelantar la respuesta penal al delito mismo”.
El objetivo es proteger un bien jurídico; en
este caso, el orden público. Para ello, dice,
“se sanciona no ya la realización del delito,
sino de los actos de preparación del delito”.
“El Código Penal prohíbe la responsabilidad
por el resultado. Es decir, uno no puede responder por
cosas que no puede controlar”, dice Ramírez,
en alusión a que se produzcan incidentes violentos
tras una convocatoria por internet. “Se puede
acabar penalizando la libertad de expresión”,
remacha.
El abogado penalista Josep Riba lanza una reflexión:
“¿Qué debería considerarse
como convocatoria? El que recibe en su twitter una convocatoria
violenta y no la borra, de forma que sus seguidores
pueden leerla, ¿estaría cometiendo la
conducta típica?” Más aún:
“¿Cómo debería interpretarse
que se convoca a actos violentos? Por ejemplo, insultar
o quemar un muñeco se considerarán actos
de violencia?”, añade Riba, quien denuncia
que la reforma se haga “a impulso de casos y sucesos
concretos”.
Al margen de si el Gobierno tiene la mente puesta en
el 15-M o pretende disuadir a los ciudadanos de manifestarse,
hay un aspecto en el que coinciden la mayoría
de expertos: la reforma es innecesaria, pues el Código
Penal ya contiene los instrumentos suficientes para
combatir con éxito el fenómeno.
Jueces para la Democracia : “Pretende disuadir
a los ciudadanos”
Así lo ve el catedrático
Díez Ripollés. "La novedad es que
introduce penas más altas. Pero la mayoría
de las propuestas que se hacen ya están en el
Código Penal". Cita como ejemplos la "invasión
de establecimientos" —que el ministro quiere
considerar como una forma más de desorden público—
o la intimidación a la autoridad —que,
si es grave, ya constituye delito de atentado. El catedrático
se muestra preocupado por la “proporcionalidad”
entre “penas y conductas” que pueda resultar
de la reforma.
El penalista Jordi Pina, de Molins & Silva, también
considera que no es necesaria una reforma. Ni siquiera
para equiparar, como anunció el ministro, los
actos vandálicos con la kale borroka. El artículo
577 del Código Penal, recuerda, ya se aplica
a quienes sin pertenecer a organización terrorista,
y con el fin de “alterar gravemente la paz pública”,
cometan coacciones o daños. Pina considera “desproporcionado”
tratar la resistencia pasiva como un atentado, ya que
se trata de dos hechos muy distintos. Esa opinión
la comparte la profesora de Derecho Penal de la UAB
Esther Morón Lerma, que la considera “absolutamente
desproporcionada e inatendible” y considera que
podría afectar al derecho de reunión.
En general, añade Morón, la popuesta está
“poco meditada” y es “poco garantista”,
por lo que va a generar “muchos problemas interpretativos
y, por tanto, de inseguridad jurídica”.
A juicio de Ríos, el Gobierno quiere lanzar “un
mensaje firme de que vva a mantener el orden”
ante la perspectiva de que la agitación ciudadana
se incremente en los próximos meses. Queralt
expresa una opinión similar y añade que
“el problema es que hay una deficiente persecución
policial de esos delitos”.
El Gobierno da a entender, tercia Ramírez, que
hay conductas que quedan sin sancionar cuando no es
así. Por ejemplo, cuando habla de que se incluya
como desorden público irrumpir en un establecimiento
público o impedir su acceso. “El delito
de allanamiento ya existe”, indica el portavoz
de la asociación de jueces progresistas.
El Código Penal ya contiene penas graves por
los desórdenes públicos
Molins Raich coincide en que la reforma
es prescindible porque el Código Penal ya da
respuesta suficiente al fenómeno de la violencia
callejera. Y considera que es poco oportuno abordarl
propósito de un hecho puntual, como los incidentes
de Barcelona el 29-M. Endurecer las penas, añade,
es “el recurso fácil”, a pesar de
que España ya es uno de los países más
duros de la Unión Europea en esa materia. “Estamos
ante un Gobierno sin un programa reflexionado de política
criminal. Toma decisiones coyunturales ligadas a sucesos
conretos. Y en lugar de apaciguar las tensiones sociales
por otras vías, intenta resolverlas acudiendo
al derecho penal”, precisa el catedrático
Díez Ripollés. El portavoz de la asociación
de jueces Francisco de Vitoria, José Luis González
Armengol, dijo que un cambio legislativo se ha de hacer
con “templanza, reposo y reflexión”.
Los movimientos sociales consideran que el lenguaje
empleado por los responsables políticos indica
que los tiempos están cambiando y que “El
consejero Puig dijo que ya no vale lo del ‘yo
pasaba por allí' y que había que limitar
el derecho de manifestación”, opina el
miembro del 15-M. Sin ese mar de fondo no se explica
que se pretenda equiparar el vandalismo con la kale
borroka. “La kale borroka es terrorismo de baja
intensidad, y estos chicos de los altercados, de momento,
no se dedican a eso”, ironiza Queralt.
Ante el incendio que ha provocado el anuncio, precisamente
en las redes sociales, el PP intentó lanzar ayer
un mensaje de tranquilidad. Según el ministro,
se deberá tener en cuenta “la multirreincidencia”
o “el grado de violencia” para pedir una
medida cautelar. Defendió que “no hay en
el ordenamiento jurídico una respueta a ese fenómeno
novedoso”, pero dijo que se aplicará el
sentido común y que no será lo mismo “gritar
a sangre y fuego en una manifestación que actuar”.
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